Tigmotactismo
Sensitiva, vergonzosa, dormilona. Especie: Mimosa púdica.
Familia: LEGUMINOSAE.
Distribución: América tropical.
Mi especie vegetal preferida es, sin lugar a dudas, una extraordinaria planta de flores blancas, rosado malvas, me atrae sin yo saber realmente bien el motivo, me atrevo a decir fehacientemente que me he enamorado de este trocito de universo floral.
Tiene un algo especial que la hace diferente.
Es tímida, vergonzosa.
Muy bella, pero muy sensible. Retraída, pero hermosa.
Su brillo especial está en sus hojas, compuestas, bipinnadas, formadas por 2 pares de pinnas que contienen más de una docena de pares de foliolos, hojillas con forma de helecho que están dotadas de una cualidad, el tigmotactismo, rara palabra, vayamos y descubrámosla, dotémosla de significado, investiguemos su contenido.
No tocar, reza la leyenda en un cartel, a su lado, en el jardín botánico.
Las prohibiciones llaman más la atención que el hecho de no existir, lo prohibido es excitante, infunden curiosidad y morbo, fue ese “no tocar”, del cartel, el que precisamente me tentó, el que me habló, el que me susurró al oído que debía quebrantar aquella norma, y me forzó a rozar con mis dedos las hojas de la Mimosa, a veces, lo prohibido está puesto incitando a profanarlo, y la Mimosa tembló asustada, su hoja compuesta se retiró, encogiéndose, doblándose sobre si misma, retirándose, escapándose de mi curiosidad, la hoja se replegó sobre si, sobre su tallo, dejándose vencer por su peso, huía de mi, huía de cualquier contacto, como si me tuviese miedo, una dactilofobía inventada, el tigmotactismo.
Curiosa planta, pensé, está viva, no tienes pies para correr, pero sabes escapar.
Toqué con mis dedos otras hojas, y todas ellas, al contacto, se iban replegando cual acordeón, cual pudorosa mujer que esconde sus atributos femeninos tras sus manos en los cuadros de afamados pintores. Me tenía miedo. Pero era frondosa, expansiva, altanera, crecía en todas las direcciones, florecía radiante y pura, con flores cuales copos de nieve arrastrados por el viento.
Me aficioné a ella, a aquella preciosa flor de invernadero, sensible, sensitiva, mimosa, me atraía tanto que el jardinero empezó a verme como un compañero más de trabajo, pues paseaba todas las tardes a su lado, por verla, por ver su porte, su crecimiento, su desarrollo, sus flores, su duende, y a escondidas, cuando nadie hurtaba nuestros momentos íntimos, toqueteaba sus hojas con mis dedos, y ella siempre actuaba del mismo modo, las encogía, se me escapaba, se guarecía en su interior, y yo sonreía, era como ver a una mujer con un rubor a flor de piel que te rechaza sin ganas, mi Mimosa púdica, mi planta de flor blanca, malva rosada.
Me siento sobre la pared del estanque de piedra a contemplarla, se diría que quisiera hablarme, que tuviese ojos que me miraran fijamente incitándome a acercarme, a darle un abrazo enorme que englobase todas sus hojas, todas sus flores blancas, malvas ó rosada, todas sus ramas, y sus tiernos tallos, mi sensitiva.
¿Cómo se domaría una planta? .
Si es posible hacerlo con una fiera, la fierecilla domada, ¿Qué argucias emplear con una Mimosa púdica? . ¿Con el mimo, con el cariño? .
Me interesa esta planta, investigo, y descubro que la vergüenza es un ardid defensivo contra depredadores, pues al replegarse finge ser una planta mustia y marchita, y … ¿Me creerá acaso un depredador?. Yo , que la idolatro tanto, por ser tan suya, tan sensitiva.
A veces me entretenía a mirar los nenúfares, las plantas colgantes, el difuminado velo del agua llorando rocío sobre la estancia aclimatada al ecosistema tropical, húmedo y cálido, aspersores chorreando niebla, gotitas de ámbar sobre el salón acristalado, irrigando de frescor la savia, y al término de aquel deleite, de aquel baño en miríadas de oropéndolas, al volver a mirarla, a veces, ella ya había vuelto a desplegar sus hojas, a mostrar su esplendor vital y era cuando yo volvía a sonreír, reprimiendo mis deseos de volver a acariciarla, hasta aquel día, confundido en el anonimato, que la besé con mis labios, suave, tierno, me supo a clorofila, a menta, a ensalada de verano, la besé sin pensarlo, como quien besa a una madre con un beso de despedida, y ella se quedó quieta, tranquila, verde y pura, besé otra hoja y sus dientecillos de sierra acariciaron mis labios, se quedó dormida, soñando.
Unos pasos sobre el empedrado me despertaron de aquel contacto, la intimidad dejó de ser tal, y le dije adiós, con intención de regresar una vez más.
Ahora, cuando la veo, la doy un beso, sonreímos los dos, me enseña sus vestidos, sus ropajes, sus nuevas flores, su perfume, me regala un deseo imaginario y dándole la mano nos imaginamos viajando a un edén tropical, soñado, nuestro, real, donde sus hojas no huyen ante las caricias ni los besos ni los abrazos.
Me dicen que pliega sus hojas al llegar la noche, pero en este lugar de ensueño será donde podamos pasar una noche juntos, sin plegar sus hojas en la oscuridad, como suele hacer cuando las estrellas salen a pasear, soñando mimosas tras el cristal.
Le gustan mis besos, y a veces, en horas como esta, no huye, se muestra radiante en su verdor, se viste de blanco malva rosado, con sus flores, me deja tocarla despacio, otras, la miro desde lejos y contemplo su vida al lado de otras visitas que la asedian, que leen la leyenda del cartel y suelen respetarlo, siempre bajo la atenta mirada de un jardinero, jardinero que se ha declarado cómplice de mis visitas, él la cuida, la mima, la acompaña, nos cuida, nos mima, nos acompaña y nos deja solos.
9 comentarios
diego lopez -
jose el raton -
Kadir -
Angélica -
belen -
soss cualqiiera hee!
qe l planta corrriooo de voss hullendo ?+
jajaja
qe fa ntasia
las plantas no vuelan ni correnn qe fantasioosoo
MALISIMO
Comella -
Un abrazo.
white -
Besito
Comella -
Marietta -